Los que me conocen saben que Jane Eyre, de la inglesa Charlotte Brönte, fue la primera novela romántica que leí y que me abrió las puertas a este género, que se convirtió en mi favorito. Era muy chica y, sin embargo, la historia del señor Rochester y de la querida Jane me conmovió profundamente. Tiempo después leí Cumbres Borrascosas, escrito por la hermana de Charlotte, Emily, y aunque es una gran obra de la literatura, no me cautivó tanto como Jane Eyre. En realidad, nunca le perdoné a Cathy lo que le hizo a Heathcliff.
Con los años me enteré de que había una
tercera hermana, la menor, Anne, que
también se había dedicado a la escritura.
Como murió a los veintinueve años, su
producción fue muy escasa, de tan solo dos
novelas: Agnes
Grey y La
inquilina de Wildfell Hall, y son
estos libros los que me gustaría
recomendarles.
Agnes Grey es una institutriz, y en las
desventuras de su heroína, Anne recreó las
propias, cuando, a los diecinueve años, la
contrataron para ocuparse de la educación
de unos niños malcriados que la
atormentaban. En este trabajo, Anne
refleja el difícil destino que debían
afrontar las mujeres que, como ella, eran
pobres, pero muy preparadas y educadas.
En La
inquilina de Wildfell Hall Anne
aborda un tema que la golpeó de cerca: el
alcoholismo, ya que su hermano mayor,
Patrick, sufrió de este mal hasta el fin
de sus días y fue motivo de tristeza y
angustia para la familia Brönte. La novela
está escrita con una crudeza que la época
no aceptó, e incluso Charlotte la criticó
acerbamente por esta razón. Por mi parte,
considero que es estupenda.
Mi compositor favorito es el alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827). No soy una experta, pero creo que, en la historia de la música, no se ha repetido alguien con su genialidad. Me encantan Bach, Haydn, Tchaikovsky, Mendelssohn y otros, pero como el querido Beetho, como lo llamo cariñosamente, no hay. El gran Brahms, a quien admiro, decía que cada vez que se sentaba a componer una sinfonía, sentía los pasos de un gigante detrás de él, y no conseguía escribir una nota. Por supuesto, se refería a Beethoven. Porque, después de la Novena, ¿qué más podía componerse?
Por esto, quería proponerles que, durante nueve ediciones, nos dediquemos a las sinfonías de este grande de la música de todos los tiempos. Como dice el maestro Marcelo Arce, un poco en broma, un poco en serio, a ningún hogar que se repute de bien constituido le pueden faltar las nueve sinfonías de Beethoven.
Antes de comenzar, quería recomendarles a
dos directores que, considero, son los
mejores para interpretar las obras del
romanticismo en general y de Beethoven en
particular: Herbert von Karajan y Eugene
Ormandy.
Ya desde la Sinfonía número 1 en do mayor,
opus 21, que Beethoven compuso a los
treinta años, el músico demostró que había
llegado a la escena para romper los
cánones y revolucionar las tradiciones. Y
si bien es fácil advertir la influencia de
Haydn, comienzan a vislumbrarse también
los aportes de una personalidad inquieta y
provocadora. En su época fue criticada por
los “expertos” porque no comenzaba con el
do mayor, porque el minueto no era tal,
sino demasiado rápido, porque se parecía a
una sinfonía de Mozart, o a otra de Haydn.
En fin. Hoy es una pieza que, por sobre
todas las cosas, nos hace felices a los
que la escuchamos. ¡Que la disfruten!
Tiempo atrás, les recomendé una película
francesa: “Ne le dis à personne” (“No
se lo digas a nadie”), del director
Guillaume Canet. Después descubrí que está
basada en una novela del escritor
norteamericano Harlan Coben, un grande del
género policial y de intriga. Muchos de
sus libros se consiguen en las librerías
argentinas (Desaparecida,
No se lo
digas a nadie, El
miedo más profundo, etcétera), y
en todos hallarán tramas atrapantes,
inteligentes y de alta tensión.
Otro maestro de la intriga y del suspense es el inglés Frederick Forsyth, famoso sobre todo en la década de los setenta y ochenta, pero, para mí, siempre actual. En esta oportunidad, quería sugerirles la lectura de El día del chacal, libro que hallaron los policías franceses la noche que irrumpieron en el departamento del terrorista venezolano Ilich Ramírez, alias Carlos Martínez, y por el cual terminaron apodándolo Carlos, el Chacal.
La historia transcurre en la Francia de la
post-guerra, más exactamente en el año
1963, cuando el grupo armado de ultra
derecha OAS contrata a un sicario para
matar al presidente De Gaulle.
También les recomiendo la película del 73, que vi hace poco después de tantos años y que me gustó como la primera vez. Está dirigida por Fred Zinnemann y protagonizada por Edward Fox en el rol de El Chacal.
Termino la edición con una novela romántica de adolescentes, pero que igualmente disfrutarán los más grandes: Tres metros sobre el cielo, del italiano Federico Moccia. Me cautivó especialmente por el contraste entre los protagonistas: Babi, una chica responsable, buena alumna, obediente y respetuosa de sus padres, y Stefano, un pendenciero, “bueno para nada” y con una familia disfuncional, que rompe las reglas y provoca al mundo. Y sí, se enamoran perdidamente, pero nada será fácil para ellos.
También disfruté mucho de la película,
dirigida por el español Fernando González
Molina, y protagonizada por Mario Casas y
María Valverde.